miércoles, 19 de enero de 2011

MUJERES EN EL MISTICISMO CRISTIANO (ORÍGENES)

La mujer ha ocupado siempre un lugar secundario, en el mejor de los casos, en la manifestación externa, en el exoterismo, de las tres religiones abrahámicas. Tanto el judaísmo, como el cristianismo o el Islam, en sus momentos fundacionales, supusieron avances significativos en la liberación relativa de la mujer respecto a la situación social de su época. Así el apóstol Pablo recuerda: En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. (Gálatas III, 27-28) y el Qorán equipara una y otra vez a hombres y mujeres, por ejemplo: Dios ha preparado perdón y magnífica recompensa para los musulmanes y las musulmanas, los creyentes y las creyentes, los devotos y las devotas, los sinceros y las sinceras, los pacientes y las pacientes [...] los que y las que recuerdan mucho a Dios. (Qorán XXXIII,35). 
Sin embargo, al irse consolidando como religiones establecidas, sus dirigentes -varones-, en lugar de continuar profundizando en el proceso, fueron poco a poco fosilizando la situación volviendo a colocar a la mujer en una posición inferior al varón, cuando no le imponían, además, cargas absolutamente injustas e injustificables que nada tenían que ver con el espíritu de las respectivas religiones. Y mientras tanto, si no quedaba más remedio que alabar la cimas espirituales alcanzadas por alguna mujer, se acababa diciendo de ella «que Dios la había hecho varón». 
La mujer, sin embargo, no sólo muestra el “otro” rostro de Dios - del que nos habla el relato del Génesis: Y creó Elhoim[1] al hombre a su imagen y semejanza, varón y hembra lo creó (Génesis I,26)-frente al rostro patriarcal representado por los valores masculinos de JHVH, el Padre o Allāh, sino que probablemente la actitud femenina, de pasiva actividad, que todo lo espera de Dios, está mucho más próxima a la auténtica actitud mística que la actividad “depredadora” masculina, que tiende a considerar a Dios como un trofeo a conseguir o como una presa a cazar. 
Además de las grandes y conocidas místicas de la tradición cristiana, como pudieron ser santa Clara, Teresa de Jesús y tantas otras, el cristianismo está, desde sus primeros tiempos, poblado de mujeres -anónimas en muchos casos, y desconocidas para la mayoría en otros- que han representado la savia vital que ha mantenido viva la tradición. La historia real de la humanidad se sustenta, en buena parte, en vidas escondidas, ocultas, y, sin embargo, vidas desbordantes de riqueza, de una riqueza y una fuerza que gracias a las cuales vivimos nosotros. Las instituciones sobreviven gracias a esas gentes escondidas que viven una vida interior viva, fluida y rica. 
Toda la vida espiritual, en el fondo, no es más que un fluir, es como un río que fluye desde la eternidad hasta nosotros y que fluye de una manera oculta. El río está siempre, pero está escondido, el río está dentro pero oculto y de vez en cuando, como al río Guadiana, aflora. Hay momentos históricos en que ese fluir de la vida interior brota, surge, se revitaliza y aparece y lo hace concretándose en grandes hombres y mujeres que dan a la vida espiritual una fuerza que durante siglos había permanecido oculta. La vida espiritual es una corriente que no se ha interrumpido nunca, pero que nosotros no conocemos más que en el momento en que aflora a la superficie. 
En esta vida espiritual, fluyente y rica, han cumplido un papel fundamental las mujeres. Hay grandes mujeres místicas de todas las religiones, que han hecho con su vida y su doctrina que ese río aumente, que esa vida espiritual sea grande, sea positiva, sea inmensa, y muchas de esas mujeres las desconocemos. Querríamos empezar a hablar de aquellas de las que nadie habla, de aquel mundo de mujeres que han mantenido con una fe y una vida espiritual riquísima un mundo fluido y escondido, gracias a las cuales nosotros podemos estar aquí, pero antes nos gustaría detenernos en dos mujeres que han marcado el inicio del cristianismo y que, por encima de sus realidades históricas, han encarnado en su momento el arquetipo de importantes aspectos de la actitud mística, de ese camino que siempre aspira a, que no se conforma con menos que, la Unión con la Divinidad (al margen de la forma en que las distintas teologías intenten explicar en que consiste esta unión). Nos referimos a María, la madre de Jesús, y a María Magdalena. 

Si las distintas tradiciones religiosas, cuando son auténticas, representan otros tantos rostros de Dios, cada una de ellas puede ayudar a las otras a comprender mejor, a arrojar nueva luz, sobre su propio camino, nos permitiremos, por ello, recurrir, en ocasiones, a la tradición de la kabbalah y a la tradición sufí, para iluminar el rostro de estas dos mujeres que marcaron el inicio de la comprensión del misterio de Jesús, que, como su propio nombre indica y como anunció el ángel, no es más que el misterio de Dios en nosotros.[2] 
Fijémonos, un momento, en algunos de los aspectos que los métodos de la kabbalah nos revelan del nombre de ambas Marías, Miriam en hebreo[3]. En primer lugar su valor numérico (290/850) nos dice que Miriam equivale a “fertilizar”, a “fruto”, a “dar forma”, a “modelar”, pero también a “melancolía”, a “tristeza”. Por otra parte, el nombre Miriam contiene dentro de sí, entre otras palabras, las de “amargo”, “mar” y “¿quien?” en cuanto pregunta por lo que uno mismo es. También en el sistema numérico de los sufíes, conocido como Abyad, el valor numérico de María (o Maryam, en persa y árabe) es 290; el Nombre divino del que María es el símbolo, o lugar de su manifestación (Mazhar), es “El Sustentador”que significa lo mismo que “fertilizador”[4]. Vemos así que, por una parte María contiene en su interior la pregunta última por la realidad de uno mismo: “¿quien soy?”, y la respuesta: “el mar”, símbolo de esa Realidad última de la que todos procedemos y a la que todos retornamos. Por otra parte, hacia afuera, el nombre nos habla de dar forma a esa realidad y de ofrecernos el fruto como respuesta. Pero, tanto por dentro como por fuera, el nombre implica también la melancolía y la tristeza por lo que todavía no es una realidad, tristeza que marcó la vida de ambas mujeres que, sin embargo, parecen haber finalmente alcanzado el fruto y llegado al mar. Veamos ahora que nos cuentan sus vidas. 

María, la madre de Jesús
No vamos a añadir nada a los miles de páginas escritas, desde todos los puntos de vista, sobre María la madre de Jesús, pero sí nos gustaría detenernos en algunos momentos de su vida que nos sirven de señales en la senda. 
Cuando María -cuyo estado virginal simboliza la ausencia de ego y manifiesta un corazón libre en el que puede habitar el Espíritu- recibe la visita del ángel, anunciándole los planes de Dios, para ella incomprensibles, su primera reacción es no entender nada, y quedarse anonadada por la presencia que intuye y que sabe no merecer: ella se conturbó por estas palabras y discurría que significaría aquel saludo nos dice el evangelista Lucas (I, 29), como nos sucede con frecuencia cuando la voz, la llamada, el perfume de la Divinidad irrumpen en nuestra vida. Pero su respuesta, su aceptación, fue inequívoca: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lucas I, 38) y la muestra de la autenticidad de su respuesta no fueron actos maravillosos ni eclosiones de alegría, su primera reacción fue ir a servir a su prima Isabel que estaba encinta, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa (Lucas I, 39), ya que la única forma de abrir el corazón a Dios es el servicio a los demás: «Ya que todo es Uno y Uno son todos, trata de amar a todos y servirles, para que seas capaz de amar al Uno»[5]. Cuando María llega a casa de su prima, y es reconocida y alabada por su santidad, estalla en un canto de humildad y de acción de gracias: el Magnificat. 


Magnificat 

Proclama mi alma la grandeza del Señor, 
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; 
porque ha mirado la humillación de su esclava. 



Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones, 
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: 
Su nombre es santo, 
y Su misericordia llega a sus fieles 
de generación en generación. 


Él hace proezas con su brazo: 
dispersa a los soberbios de corazón, 
derriba del trono a los poderosos 
y enaltece a los humildes, 
a los hambrientos los colma de bienes 
y a los ricos los despide vacíos. 


Auxilia a su pueblo 

acordándose de la misericordia 
-como lo había prometido a nuestros padres- 
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. 
(Lucas I, 46-55) 



Los años que siguieron al nacimiento de Jesús, lo que para María suponía el haber “dado forma” y “mostrado” el «Dios en nosotros», estuvieron llenos para ella de sucesos incomprensibles, acontecimientos felices y sucesos que le produjeron “dolor” y “amargura”, sin embargo nada de ello alteró su rectitud en la senda: María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón, nos dice el evangelista Lucas (II, 19). Había alcanzado la morada que la terminología sufí llama de la estabilidad (tamkin) y que se refiere al encontrar la calma y el reposo después de atravesar los estados y las moradas espirituales de la senda. En este estado el sufí ha cruzado los límites de la agitación y el cambio y ha alcanzado la culminación de la constancia en el Unicidad.[6] 

Es esta actitud la que convierte a María en maestra capaz de percibir el estado y las necesidades espirituales de los que la rodean, y, al principio parece, ser más “consciente del momento” que su propio hijo. En términos sufíes se entiende por momento (waqt) aquel momento en que, por la gracia de Dios, surge en el corazón una inspiración o una atracción divina de tal forma que el sufí se vuelve inconsciente de la continuidad del tiempo en el futuro y en el pasado[7]. El evangelio de Juan es especialmente sensible al “momento”, a la hora en términos de Juan, en que Jesús debe actuar, puesto que el evangelio de Juan -que empieza con la misma palabra que el Génesis, Beresit, en el principio-, presenta toda la acción de Jesús como la culminación de la Creación, como una manifestación en la historia de algo que ocurre en la preeternidad, lo que viene representado por el numero seis, símbolo del sexto día de la creación que se completa, en el tiempo, con la manifestación de Jesús, de manera que todos los sucesos importantes de su vida acaecen en la hora sexta o en el día sexto. 
María, en el episodio de las Bodas de Caná, se da cuenta de que ha llegado la hora, el momento, de que Jesús empiece a actuar: 
Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice su madre a Jesús: “No tienen vino”. Jesús le responde: ”¿Qué tengo yo contigo mujer? Todavía no ha llegado mi hora”. Dice su madre a los sirvientes: “Haced lo que él os diga” (Juan II,3-5). 
Y Jesús, aunque dice que todavía no había llegado su hora, convierte el agua en vino. Una vez más la anécdota material nos apunta al sentido místico y real de los hechos; más allá que la bebida, el vino que les faltaba a los hombres, y cuya carencia María detecta, es ese vino que «hace alusión al saboreo, o el regusto (zoq), nacido en el corazón del sufí como fruto del recuerdo de Dios (Zekr), un regusto que le vuelve ebrio; símbolo también de la embriaguez del Zekr y el hervir del amor»[8]. Y Jesús, a instancias de su madre, asume públicamente su función de tabernero, de expendedor del vino que debe permitir alcanzar el amor libre de toda impureza, amor del que dará testimonio con su sangre, de la cual el vino será permanente recuerdo y actualización. Por otra parte el consejo de María, “Haced lo que él os diga”, nos recuerda como la obediencia al Maestro “fuerza” la llegada del momento y puede hacer que nuestra propia agua se convierte en vino. 
María continuará su vida silenciosa al lado de Jesús, meditando las cosas en su corazón, hasta alcanzar esa morada que le permite lograr la Unión plena y que la tradición cristiana simboliza con su asunción al cielo en cuerpo y alma en el momento de su muerte. 


María Magdalena 

María Magdalena tiene una larga historia sobre la que los autores no se ponen de acuerdo y que los eruditos dicen estar formada por la superposición de varios personajes, hay sin embargo un momento central en la vida de María Magdalena que da sentido a todo lo que la leyenda (que en el caso de las leyendas sagradas no es más que la historia vista desde la hierohistoria) construya alrededor de ella. Se trata del momento en que se dirige al sepulcro vacío de Jesús: 
El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Estaba María junto al sepulcro, fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, [...] se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: “Mujer, ¿por qué‚ lloras? ¿A quién buscas?” Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: “Señor, si te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevar锂 Jesús le dice: “María”. Ella se vuelve y le dice en hebreo: “Rabbuní” -que quiere decir: Maestro[9]-. Dícele Jesús: “No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”. Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras. (Juan XX, 1;11;14 -18). 
María es no sólo la primera persona que ve el sepulcro vacío -como luego harán, tras su aviso, Juan y Pedro- sino que es la primera que ve a Jesús resucitado, lo que nos habla del grado de identificación que había alcanzado con su Maestro, superior al de los demás, aunque esta identificación no parece haber alcanzado su culminación pues precisa su manifestación, que ser llamada por su nombre, para reconocerlo[10]. A continuación Jesús la convierte en la primera proclamadora del Evangelio, de la buena noticia -que eso precisamente significa el término griego evangelos- de que Jesús ha resucitado y ha recuperado la primigenia Unión con el Padre y que ese es el destino al que está llamado todo hombre: «mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios». 
Pero ¿quien era esta mujer que tanto amaba al Maestro como para ser la primera testigo y proclamadora -apóstol por tanto- de su resurrección? El evangelio según san Marcos nos dice que Jesús había echado de ella siete demonios[11] y Juan se refiere a ella como la mujer que por dos veces ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos[12]. La primera vez se refiere, probablemente -aunque los eruditos lo discuten- a la pecadora de la que nos habla el evangelista Lucas: 
Uno de los fariseos le rogó que comiese con él; cuando entró en la casa del fariseo se recostó a la mesa, y de pronto una mujer, que era pecadora pública, cuando supo que estaba a la mesa en casa del fariseo, lle­vando un pomo de alabastro lleno de perfume, poniéndose detrás, junto a sus pies, llorando, empezó a bañarle los pies con las lágrimas, y los enjugaba con los cabellos de su cabeza, y le besaba los pies y los ungía con el perfume. Al verlo el fariseo que lo había invitado, se dijo: “Este, si fuera profeta, sabría quién, y qué tipo de mujer es la que lo está tocando, porque es una pe­cadora”. Pero Jesús, tomando la palabra, le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. El dijo: “Maestro, di” [...] Simón: “¿Ves esta mujer? Entré en tu casa: no me lavaste los pies, pero ésta bañó mis pies con las lágrimas y los enjugó con los cabellos. No me besaste; pero ésta, desde que entré, no cesó de besar mis pies. No ungiste con óleo mi cabeza, pero ésta ungió mis pies con perfume. Por eso, te digo, sus muchos pecados quedan perdonados porque ha amado mucho; en cambio al que se le perdona poco, poco ama”, y a ella le dijo: “Tus pecados quedan perdonados [...] Vete en paz”.( Lucas XVII, 36-50). 
La segunda ocasión, ya identificada Magdalena con la hermana de Lázaro y Marta, nos la cuenta Juan con una escena más escueta en casa de Lázaro: 
Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume.[13] 
María asume así el papel de la persona capaz de volver hacia el maestro -y de éste hacia Dios- todo su amor, una vez que el maestro le libra de la carga de su pasado. 
Ambos relatos están cargados de un simbolismo que merece la pena apurar. Si los pies de un hombre significan lo más humilde de él, en cuanto han estado en contacto con el polvo, con lo que contamina, cuando se refieren a los pies de un Maestro perfecto, el simbolismo sufí nos permite profundizar en el significado de la escena. En la terminología sufí el pie, cuando hace referencia a Dios, simboliza el poder omnicomprensivo de Dios, la voluntad, la atención y la atracción del Amado, y el afecto emanado de Él. En palabras del maestro Maqrebi: 


Nadie recorre con sus propios pies 

la Senda que lleva hacia Él, 
sino que camina con los pies de Él, 
quien va hacia Su morada.[14] 



Por otra parte, el cabello ha sido presentado como símbolo de la fuerza vital del alma, y, en el caso de la mujer, el soltarse el cabello ante un hombre significa su entrega a él sin reservas. En el rico simbolismo de la poesía mística sufí, la cabellera alborotada con la que María limpia los pies del Maestro bien puede simbolizar: «la dispersión surgida como fruto de la multiplicidad » que expresa su deseo de sacrificarse para recobrar la unidad. 

La gematría sobre los nombres hebreos nos muestra que “nardo” (254) equivale a “promesa”, a “sacrificio”, y que “puro” es reducible al valor de “vida” (18) y del propio Dios como viviente (Hay): por lo tanto el ungir los pies con “nardo puro” equivale a hacer la promesa, la entrega, de la propia vida, y al final toda la casa se llena del perfumado olor del sacrificio. Por otra parte las “lágrimas” tienen el poder de renovarlo todo pues su valor numérico (520) las hace equivalentes a rectitud, a bebé recién nacido o a puro según el ritual religioso judío (kosher)[15]. 
En resumen María Magdalena ha sacrificado su propia vida, y todo el mundo de la multiplicidad a los pies del maestro y a la voluntad de Dios, reconociendo que sólo Él nos puede llevar hacia Su morada, volviéndose un ser nuevo, purificado por el amor. Y de ella podrá decir Jesús, cuando su hermana Marta se queje de su inactividad por estar siempre sentada a los pies del Maestro: 
Marta, Marta, te preocupas y te desasosiegas por demasiadas cosas. Sólo se necesita una. María escogió la mejor parte, de la que no se verá privada (Lucas X,41-42). 
Estos son pues los méritos de María Magdalena para haber sido la testigo privilegiada de la resurrección de Jesús: había amado mucho y había escogido la mejor parte, la única necesaria. Para el sufismo María se presenta como una “raptada” que llega a la experiencia del amor y la unión de una forma espontánea, sin seguir una senda establecida, y que posteriormente, sentada a los pies del Maestro, escuchaba su Palabra (Lucas X, 40) y recibe aquella formación que le permitirá convertirse ella misma en maestra de los demás. 
Los evangelios canónicos ya no nos dicen nada más de María Magdalena, pero volvemos a encontrarla presente en dos familias de tradiciones del esoterismo cristiano. La tradición del Grial nos dice que María[16], junto con Nicodemo, se llevó a Europa el cáliz que había contenido primero el vino de la Última Cena y luego la sangre de Jesús, dando origen a la leyenda de la caballería cristiana y de los custodios del Grial, símbolo éste de la vida divina capaz de llevar al hombre hasta su más alta meta. Por otra parte en las colecciones de escritos gnósticos recientemente aparecidos, en 1945, en Nag-Hammadi (en Egipto, próxima a la antigua Luxor), encontramos tres evangelios apócrifos que presentan a María como la depositaria de un conocimiento más profundo del misterio de Jesús, al que Pedro, representante del cristianismo exotérico, se resistía una y otra vez[17]. 
El evangelio de Tomás, que se autopresenta como la revelación del significado oculto del mensaje de Jesús, impartido por éste en el periodo que va entre su resurrección y su ascensión, nos ofrece la prueba más explícita del enfrentamiento entre Pedro y María: 
Simón Pedro les dijo: “Que María salga de entre nosotros porque las mujeres no son dignas de la vida”. Jesús dijo: “Mirad, yo la impulsaré para hacerla varón, a fin de que llegue a ser también un espíritu (pneûma) viviente semejante a vosotros los varones; porque cualquier mujer que se haga varón, entrará en el Reino de los cielos”. [18] 
Este párrafo, además de hacer explícito una vez más el antifeminismo de aquellos tiempos, pone claramente de manifiesto que María Magdalena ocupaba, en la comunidad a la que va dirigida el evangelio de Tomás, un lugar igual a los demás apóstoles y que Jesús le reconoce esa dignidad, en virtud precisamente de lo que él le daba a ella. Una lectura aún más profunda de este texto pondría de relieve que precisamente en María -y no en los demás, al menos hasta ese momento- se alcanzaba la unidad entre lo femenino y lo masculino que, según el propio evangelio de Tomás, era condición indispensable para alcanzar la meta: 
Jesús les dijo: Cuando hagáis de los dos uno y hagáis lo de dentro como lo de fuera y lo de fuera como lo de dentro y lo de arriba como lo de abajo, de modo que hagáis lo masculino y lo femenino en uno solo, a fin de que lo masculino no sea masculino ni lo femenino sea femenino [...] entonces entraréis en el Reino.»[19] «Por eso yo digo: Cuanto sea unido estará lleno de luz, pero cuanto sea separado estará lleno de tinieblas.[20] 
El evangelio de Felipe nos vuelve a mostrar los celos de los demás apóstoles hacia María, Jesús una vez más les hace ver que hay algo en la Magdalena que la hacía más próxima a él que los demás: 
El Salvador la amaba más que a todos los discípulos, y la besaba frecuentemente en la boca. Los demás discípulos se acercaron para preguntar. Ellos le dijeron: “¿Por qué la amas más que a todos nosotros?”.El Salvador respondió y les dijo: “¿Por qué no os amo a vosotros como a ella?”»[21]. 
Pues precisamente la mayor pureza de María era, no sólo la que la hacía más digna de ser besada, sino también la causa de que el beso tuviese en ella una eficacia que la hacía cada vez más perfecta: 
Pues los perfectos conciben mediante un beso, y engendran. Por ello nos besamos unos a otros, recibiendo la concepción por la gracia mutua que hay entre nosotros»[22]. 
La frase anterior, por otra parte, recuerda poderosamente, el beso de iniciación con el que, en algunas tradiciones, el maestro transmite su aliento a aquel discípulo al que quiere convertir en nuevo maestro. Así, por ejemplo, el sufismo llama “poseedor del aliento” al maestro de la senda y “aliento del Mesías” al de aquel maestro perfecto que, con su aliento, puede devolver la vida a los muertos.[23] 
Este papel de María Magdalena como la más digna conocedora de los misterios de su Maestro hizo que por determinadas comunidades circulase un evangelio atribuido a ella (o sobre ella) del que quedan muy pocos fragmentos, algunos de los cuales resultan muy significativos: 
Ellos, sin embargo, estaban entristecidos y lloraban amargamente diciendo: “¿Cómo iremos hacia los gentiles y predicaremos el evangelio del reino del hijo del hombre? Si no han tenido con él ninguna consideración, ¿cómo la tendrán con nosotros?”. Entonces Mariam se levantó, los saludó a todos y dijo a sus hermanos: “No lloréis y no os entristezcáis; no vaciléis más, [...] su gracia descenderá sobre todos vosotros y os protegerá. Antes bien, alabemos su grandeza, pues nos ha preparado y nos ha hecho hombres” . Dicho esto, Mariam convirtió sus corazones al bien y comenzaron a comentar las palabras del [Salvador]. Pedro dijo: “Mariam, hermana, nosotros sabemos que el Salvador te apreciaba más que a las demás mujeres. Danos cuenta de las palabras del Salvador que recuerdes, que tú conoces y nosotros no, que nosotros no hemos escuchado”. Mariam respondió diciendo: “Lo que está escondido para vosotros os lo anunciaré” [...] Después de decir todo esto Mariam permaneció en silencio, dado que el Salvador había hablado con ella hasta aquí.[24] 
Y llegados a este punto María Magdalena vuelve a sumergirse en el silencio, en la que quizás es la enseñanza más elocuente y práctica de las dos Marías: su capacidad para hacer el silencio, encontrarse fecundadas por Dios en su corazón y hacer que los demás sean capaces de repetir el encuentro. 
Después de ellas muchas mujeres siguieron, en la tradición cristiana, la misma senda de silencio servicial, fecundo y en buena parte anónimo. De ellas nos ocuparemos la próxima ocasión, si a Dios place. 

Por María Toscano y Gremán Ancochea


Notas:

[1] Nombre femenino con plural masculino 
[2] cf. Mateo I, 23 
[3] Agradecemos a nuestra amiga y compañera Ana María García su ayuda en el análisis del sentido de las palabras hebreas 
[4] Para más información véase: Dr. Javad Nurbakhsh Jesús a los ojos de los sufíes. 
[5] Dr. Javad Nurbakhsh En el Camino Sufí: Cuarenta palabras y treinta mensajes, mensaje 2º. 
[6] Cf. Dr. Javad Nurbakhsh La Gnosis Sufí (Tomo I). 
[7] Cf. Dr. Javad Nurbakhsh La pobreza espiritual en el sufismo. 
[8] Cf. “Glosario de los símbolos de la terminología sufí” en Diwan de Nurbakhsh (edición española en preparación en Ed. Trotta). 
[9] Juan, que escribe en griego, da esa explicación del termino hebreo Rabbuni, que en hebreo textualmente significa “Maestro mío” lo que añade una particular carga de afecto. 
[10] Del mismo modo todo hombre cuando escucha la Voz que le llama por su nombre vuelve su rostro hacia Dios, se con-vierte e inicia el camino de regreso. 
[11] Marcos XVI,9 
[12] Juan XI,2 y XII,3 
[13] Juan XII, 3 
[14] Cf. “Glosario de los símbolos de la terminología sufí” en Diwan de Nurbakhsh. 
[15] Curiosamente también tiene el mismo valor numérico que “abubilla”. 
[16] Aquellos cuyos ojos están velados para los misterios han querido construir sobre esta tradición la presunta historia de un descendiente de Magdalena y Jesús, que sería la auténtica sangre real. Los ignorantes siempre manchan o destruyen lo que no son capaces de entender. 
[17] Dejamos deliberadamente de lado el “uso” que, de la figura de María Magdalena, hacen las distintas sectas gnósticas dentro de sus respectivos sistemas, como es el caso de la Pistis Sophia de los valentinianos, por considerar que se trata de un tratamiento ya muy elaborado desde el punto de vista de las propias doctrinas de cada escuela. 
[18] Evangelio de Tomás 114 
[19] Evangelio de Tomás 22 
[20] Evangelio de Tomás 61 
[21] Evangelio de Felipe 63,32-64,2 
[22] Evangelio de Felipe 59,2 
[23] Cf. Dr. Javad Nurbakhsh La pobreza espiritual en el sufismo. 
[24] Evangelio de María 9,10-19,21; 17,10

lunes, 27 de diciembre de 2010

CARTAS DE ELIPHAS LÉVI

Señor y Hermano:

La religión no es ninguna servidumbre impuesta al hombre, es un auxilio que se le ofrece. Las cartas sacerdotales han tratado en todo tiempo de explotar, y transformar este auxilio en yugo insoportable y la obra evangélica de Jesús tenía por objeto separar la religión del sacerdote o al menos poner al sacerdote en categoría de ministro y servidor de la religión dando a la conciencia del hombre toda su libertad y su razón. Ved la parábola del buen samaritano y estos preciosos textos: la ley se ha hecho para el hombre y no el hombre para la ley. Desgraciados los que ligáis e imponéis sobre las espaldas de los demás fardos que no quisierais tocar mas que con los extremos de los dedos, etc. La Iglesia oficial, se declara infalible en el Apocalipsis, que es la clave cabalística de los evangelios, y hay siempre en el Cristianismo una Iglesia oculta o Juanista que, respetando en todo la necesidad de la Iglesia oficial, conserva del dogma una interpretación diferente de la que se da al vulgo.

Los Templarios, los Rosacruces, los Francmasones de altos grados han pertenecido todos, antes de la revolución francesa, a la Iglesia, de la cual Martínez de Pasqually y Saint Martin, y hasta Mme. De Krudemert, han sido los apóstoles en el siglo XVIII.

El carácter distintivo de esta escuela es evitar la publicidad y no constituirse nunca en secta disidente. El conde Joseph de Maistre, ese católico tan radical, era aunque no se crea, simpático a la sociedad de los Martinistas y anunciaba una regeneración próxima del dogma por luces que emanaban de los santuarios del ocultismo. Existen todavía sacerdotes fervientes que están iniciados en la doctrina antigua y un obispo, entre otros, fallecido recientemente, me ha pedido enseñanzas cabalisticas. Los discípulos de Saint Martín tomaron el seudonimo de "filósofos desconocidos", y los de un maestro moderno muy conocido no han tenido necesidad de tomar nombre alguno, pues el mundo no sospechaba su existencia. Jesús ha dicho que la levadura debe ocultarse en el fondo de la vasija que contiene la pasta para trabajar día y noche en silencio hasta que la fermentación invada lentamente toda la masa que ha de formar el pan.

Un iniciado puede, con sencillez y sinceramente, practicar la religión con que haya nacido, porque todos los ritos representan diversamente un solo y mismo dogma; pero no debe abrir el fondo de su conciencia más que a Dios y a nadie debe comunicar sus creencias más íntimas. El sacerdote no puede juzgar lo que el mismo Papa no comprende. Los signos exteriores del iniciado son la modesta ciencia, la filantropía sin ruido, la igualdad de carácter y la más inalterable bondad.

Todo vuestro en la Santa Ciencia.

Eliphas Lévi. 

martes, 21 de diciembre de 2010

viernes, 3 de diciembre de 2010

LAS CONDICIONES DE LA INICIACIÓN

Podemos volver ahora a la cuestión de las condiciones de la iniciación, y diremos en primer lugar, aunque pueda parecer evidente, que la primera de estas condiciones es una cierta aptitud o disposición natural, sin la cual todo esfuerzo sería vano, pues el individuo no puede indiscutiblemente desarrollar sino las posibilidades que lleva en él desde el origen; esta aptitud, que hace lo que algunos llaman el "iniciable", constituye propiamente la "cualificación" requerida por todas las tradiciones iniciáticas (23). Esta condición es, por lo demás, la única común, en cierto sentido, a la iniciación y al misticismo, pues está claro que el místico debe tener, él también, una disposición natural especial, aunque por completo diferente de la del "iniciable", incluso opuesta a ella en muchos aspectos; pero esta condición, para él, aunque igualmente necesaria, es de sobra suficiente; no hay ninguna otra que deba añadirse, y las circunstancias hacen el resto, haciendo pasar a su capricho de la "potencia" al "acto" tales o cuales posibilidades que comporte la disposición de que se trata. Esto resulta directamente del carácter de "pasividad" del que hemos hablado: no podría, en efecto, en tal caso, tratarse de un esfuerzo o de un trabajo personal cualquiera, que el místico jamás efectuará, y del cual deberá incluso guardarse cuidadosamente, como de algo que estuviera en oposición con su "vía" (24), mientras que, por el contrario, en lo relativo a la iniciación, y en razón de su carácter "activo", un trabajo tal constituye otra condición no menos estrictamente necesaria que la primera, y sin la cual el paso de la "potencia" al "acto", que es propiamente la "realización", podría en ningún modo cumplirse (25).
Sin embargo, esto no es todavía todo: no hemos hecho en suma mas que desarrollar la distinción, expuesta al principio, entre la "actividad" iniciática y la "pasividad" mística, para extraer la consecuencia de que, para la iniciación, hay una condición que no existe, y que no podría existir, en lo concerniente al misticismo; pero aún hay otra condición no menos necesaria de la cual no hemos hablado, y que se sitúa en cualquier caso entre aquellas que están puestas en tela de juicio. Esta condición, sobre la cual es preciso por otra parte insistir en que los occidentales, en general, son demasiado dados a ignorarla o a desconocer su importancia, es incluso, verdaderamente, la más característica de todas, la que permite definir a la iniciación sin equívoco posible, y no confundirla con cualquier otra cosa; por ella, el caso de la iniciación está mucho más delimitado de lo que podría serlo el del misticismo, para el cual no existe nada de ello. Es a menudo difícil, si no del todo imposible, distinguir el falso misticismo del verdadero; el místico es, por definición, un aislado y un "irregular", y muchas veces él mismo no sabe lo que es verdadero; y el hecho de que no se trate del conocimiento en estado puro, sino que incluso lo que es conocimiento real está siempre influido por una mezcla de sentimiento y de imaginación, hace que se esté lejos de simplificar la cuestión; en todo caso, hay algo que escapa a todo control, lo que podríamos expresar diciendo que no hay para el místico ningún "medio de conocimiento" (26). Se podría decir también que el místico no tiene "genealogía", que no es tal sino por una suerte de "generación espontánea", y creemos que estas expresiones son fáciles de comprender sin necesidad de más explicaciones; entonces, ¿cómo se puede afirmar sin ninguna duda que uno es auténticamente místico y que otro no lo es, cuando sin embargo todas las apariencias pueden ser sensiblemente las mismas?. Por el contrario, las falsificaciones de la iniciación siempre pueden ser detectadas infaliblemente por la ausencia de la condición a la que hemos aludido, y que no es otra que la adhesión a una organización tradicional regular.
Hay ignorantes que se imaginan poder "iniciarse" a sí mismos, lo que es en cualquier manera una contradicción en los términos; olvidan, si es que alguna vez lo han sabido, que la palabra initium significa "entrada" o "comienzo", confunden el hecho mismo de la iniciación, entendida en sentido estrictamente etimológico, con el trabajo a realizar posteriormente para que esta iniciación, de virtual que ha sido en un principio, se transforme más o menos en plenamente efectiva. La iniciación, así comprendida, es lo que todas las tradiciones concuerdan en designar como el "segundo nacimiento"; ¿cómo podría un ser actuar por sí mismo antes de haber nacido? (27). Bien sabemos lo que se nos podrá objetar a ello: si el ser está verdaderamente "cualificado", lleva ya en él las posibilidades que se propone desarrollar; ¿por qué, si ello es así, no podría realizarlas mediante su propio esfuerzo, sin ninguna intervención exterior?. Esto es, en efecto, algo que está permitido considerar teóricamente, a condición de concebirse como el caso de un hombre "dos veces nacido" desde el primer momento de su existencia individual; pero, si no hay en ello una imposibilidad de principio, no hay menos una imposibilidad de hecho, en el sentido en que esto es contrario al orden establecido para nuestro mundo, al menos en sus condiciones actuales. No estamos en la época primordial en que todos los hombres poseían normal y espontáneamente un estado que hoy en día es solamente adquirido en un alto grado de iniciación (28); y, por otra parte, a decir verdad, el nombre mismo de iniciación, en una época semejante, no podía tener ningún sentido. Estamos en el Kali-Yuga, es decir, en un tiempo en que el conocimiento espiritual se encuentra oculto, y donde solamente unos pocos pueden todavía alcanzarlo, con tal de que se sitúen en las condiciones requeridas para obtenerlo; ahora bien, una de estas condiciones es precisamente aquella de la cual hemos hablado, así como otra es un esfuerzo del cual los hombres de las primeras épocas no tenían necesidad alguna, ya que el desarrollo espiritual se cumplía en ellos tan naturalmente como el desarrollo corporal.
Se trata entonces de una condición cuya necesidad se impone en conformidad con las leyes que rigen nuestro mundo actual; y, para hacernos comprender mejor, podemos recurrir aquí a una analogía: todos los seres que se desarrollarán en el curso de un ciclo están contenidos desde el principio, en estado de gérmenes sutiles, en el "Huevo del Mundo"; entonces, ¿por qué no surgieron al estado corporal por sí mismos, sin padres?. No es esto una imposibilidad absoluta, y puede concebirse un mundo en que ocurra así; pero, de hecho, ese mundo no es el nuestro. Nos reservamos, por supuesto, la cuestión de las anomalías; puede que existan casos excepcionales de "generación espontánea", y, en el orden espiritual, hemos aplicado hasta ahora esta expresión en el caso del místico; pero también hemos dicho que éste es un "irregular", mientras que la iniciación es algo esencialmente "regular", que nada tiene que ver con las anomalías. Todavía faltaría por saber exactamente hasta dónde pueden éstas llegar; deben, también, ajustarse en definitiva a alguna ley, pues todas las cosas no pueden existir sino como elementos del orden total y universal. Sólo esto, si se quisiera reflexionar, podría bastar para hacer pensar que los estados realizados por el místico no son precisamente los mismos que los del iniciado, y que, si su realización no está sometida a las mismas leyes, es que efectivamente de trata de algo distinto; pero ahora podemos dejar por completo de lado el caso del misticismo, sobre el cual ya hemos hablado bastante para lo que nos proponíamos establecer, para no considerar exclusivamente mas que el de la iniciación.
Nos falta en efecto precisar el papel de la adhesión a una organización tradicional, que no podría, por supuesto, dispensar de ningún modo del trabajo interior que no puede cumplir cada uno sino por sí mismo, pero que es necesaria, como condición previa, para que este mismo trabajo pueda efectivamente dar sus frutos. Debe quedar comprendido, desde ahora, que los que se han constituido en depositarios del conocimiento iniciático no pueden comunicarlo de una manera más o menos comparable a como un profesor, en la enseñanza profana, comunica a sus alumnos fórmulas librescas que deben almacenar en su memoria; se trata aquí de algo que, en su propia esencia, es propiamente "incomunicable", ya que son estados a realizar interiormente. Lo que puede enseñarse son únicamente los métodos preparatorios para la obtención de estos estados; lo que puede ser proporcionado desde fuera a este respecto es en suma una ayuda, un apoyo que facilite enormemente el trabajo a cumplir, y también un control que aparte los obstáculos y los peligros que puedan presentarse; todo ello está muy lejos de ser despreciable, y quien se viera privado de esto correría el riesgo de desembocar en un fracaso, pero todavía esto no justificaría completamente lo que hemos dicho cuando hablábamos de una condición necesaria. De modo que no es esto lo que teníamos a la vista, al menos de manera inmediata; todo ello no interviene sino secundariamente, y en cualquier caso a título de consecuencias, tras la iniciación entendida en su sentido más estricto, tal como hemos indicado, y desde el momento en que se trata de desarrollar efectivamente la virtualidad que ella constituye; pero aún es preciso, ante todo, que esta virtualidad preexista. Es entonces otra cosa lo que debe ser entendido por la transmisión iniciática propiamente dicha, y no podríamos caracterizarla mejor que diciendo que ésta es esencialmente la transmisión de una influencia espiritual; deberemos volver sobre ello más ampliamente, pero, por el momento, nos limitaremos a determinar más exactamente el papel que desempeña esta influencia, entre la aptitud natural propiamente inherente al individuo y el trabajo de realización que a continuación se efectuará.
Hemos señalado en otro lugar que las fases de la iniciación, al igual que las de la "Gran Obra" hermética que no es en el fondo sino una de sus expresiones simbólicas, reproducen las del proceso cosmogónico (29); esta analogía, que se funda directamente sobre la del "microcosmos" con el "macrocosmos", permite, mejor que toda otra consideración, aclarar la cuestión que actualmente tratamos. Puede decirse, en efecto, que las aptitudes o posibilidades incluidas en la naturaleza individual no son en principio, en sí mismas, mas que una materia prima, es decir, una pura potencialidad, en la cual no hay nada desarrollado o diferenciado (30); es entonces el estado caótico y tenebroso, que el simbolismo iniciático hace precisamente corresponder con el mundo profano, y en el cual se encuentra el ser que todavía no ha alcanzado el "segundo nacimiento". Para que este caos pueda comenzar a tomar forma y a organizarse es preciso que una vibración inicial le sea comunicada por las potencias espirituales, a la que el Génesis hebreo designa como los Elohim; esta vibración es el Fiat Lux que ilumina el caos, t que constituye el punto de partida necesario para todos los desarrollos posteriores; y, bajo el punto de vista iniciático, esta iluminación está precisamente constituida por la transmisión de la influencia espiritual de la que hemos hablado (31). Desde entonces, y en virtud de esta influencia, las posibilidades espirituales del ser no son ya la simple potencialidad que antes eran; se transforman en una virtualidad dispuesta a desarrollarse en acto en los diversos estadios de la realización iniciática.
Podemos resumir todo lo que precede diciendo que la iniciación implica tres condiciones que se presentan en forma sucesiva, y que se podrían hacer corresponder respectivamente con los tres términos de "potencialidad", "virtualidad" y "actualidad": 1º, la "cualificación", constituida por ciertas posibilidades inherentes a la naturaleza propia del individuo, y que son la materia prima sobre la cual el trabajo iniciático deberá efectuarse; 2º, la transmisión, por medio de la adhesión a una organización tradicional, de una influencia espiritual que da al ser la "iluminación" que le permitirá ordenar y desarrollar las posibilidades que lleva en él; 3º, el trabajo interior por el cual, con el auxilio de "ayudantes" o "soportes" exteriores, si tienen lugar y especialmente en los primeros estadios, el desarrollo será realizado gradualmente, haciendo pasar al ser, de escalón en escalón, a través de los diferentes grados de la jerarquía iniciática, para conducirle al objetivo final de la "Liberación" o de la "Identidad Suprema". 


Notas

23. Se verá por otra parte, a través del estudio especial que haremos a continuación acerca de la cuestión de las cualificaciones iniciáticas, que este tema presenta en realidad aspectos mucho más complejos de lo que se podría creer en un primer momento si nos atuviéramos a la sola noción general que damos aquí. 
24. También los teólogos ven gustosamente, y no sin razón, un "falso místico" en aquel que busca, mediante un esfuerzo cualquiera, obtener visiones u otros estados extraordinarios, limitándose incluso este esfuerzo al mantenimiento de un simple deseo. 
25. Resulta de ello, entre otras consecuencias, que los conocimientos de orden doctrinal, que son indispensables para el iniciado y cuya comprensión teórica es para él una condición previa a toda "realización", pueden faltar por completo en el místico; de aquí proviene frecuentemente, entre éstos, aparte de la posibilidad de errores y de confusiones múltiples, una extraña incapacidad para expresarse inteligiblemente. Debe quedar claro, por otra parte, que los conocimientos de que se trata no tienen absolutamente nada que ver con todo lo que no es sino instrucción exterior o "saber" profano, que tiene aquí un nulo valor, como seguidamente explicaremos, y que incluso, dado lo que es la educación moderna, sería más bien un obstáculo que una ayuda en la mayor parte de los casos; un hombre muy bien puede no saber ni leer, ni escribir, y alcanzar sin embargo los más altos grados de la iniciación, y tales casos no son extremadamente raros en Oriente, mientras que hay "sabios" e incluso "genios", según la manera de ver del mundo profano, que no son "iniciables" en ningún grado. 
26. No entendemos por ello palabras o signos exteriores y convencionales, pues estos no son en realidad sino la representación simbólica de tales medios. 
27. Recordemos aquí el elemental adagio escolástico: "para obrar, es preciso ser". 
28. Es lo que indica, en la tradición hindú, el nombre Hamsa, dado como el nombre de la única casta existente en los orígenes, y designando propiamente un estado que es ativarna, es decir, más allá de la distinción entre las castas actuales. 
29. Ver L'Esotérisme de Dante, especialmente p.p. 63-64 y 94. 
30. No es preciso decir que no es, rigurosamente hablando, una materia prima sino en sentido relativo, no en sentido absoluto; pero esta distinción no es importante desde el punto de vista en que aquí nos situamos, y por otra parte, es igual a la materia prima de un mundo como el nuestro, que, estando ya determinada de cierta forma, no es en realidad, con respecto a la sustancia universal, sino una materia secunda (Cf. Le Règne de la Quantité et les signes des Temps, cap. II), de manera que, incluso bajo esta relación, la analogía con el desarrollo de nuestro mundo a partir del caos inicial es realmente exacta. 
31. De aquí vienen expresiones como "dar la luz" y "recibir la luz", empleadas para designar, con respecto al iniciador y al iniciado respectivamente, la iniciación en sentido restringido, es decir, la transmisión misma de la que se trata aquí. Se notará también, en lo que concierne a los Elohim, que el número septenario que se les atribuye está en relación con la constitución de las organizaciones iniciáticas, que debe ser efectivamente una imagen del propio orden cósmico.

Hermanubis

domingo, 21 de noviembre de 2010

INTRODUCCIÓN A LA SIMBOLOGÍA

Desde la antigüedad, todo lo que se observaba, se expresaba a través de la gráfica gestual del objeto o idea en sí, el sol por un círculo, la luna y la mujer por la media luna, etc., lo que conformó la ideografía (Signos), más tarde se originaron los símbolos, que eran identificados en sonidos, pronunciados en sílabas (fonética signo sonido) es decir la imagen identificada por la palabra, cuya pronunciación es el sonido-expresión; identificando así la imagen y viceversa.

El símbolo es el génesis de los sistemas de escritura, sílabas y pronunciaciones originándose las lenguas antiguas.
El signo es el carácter y elemento esencial y el símbolo es la representación, reflejo del mismo con o sin analogía con otros conceptos o hechos. Ejemplo: tenemos las notas musicales, cada una de ellas son signos esenciales, pero en su conjunto representan una melodía (símbolo) es decir; una estructura con su forma armónica irradiando hacia el exterior, otro sin sonido (signos esenciales) que en el conjunto puede ser un símbolo viviente: emitiendo variados mensajes que pueden ser captados o no, como sucede en las ceremonias, en los rituales mágicos y/o religiosos.
Por otra parte, la idea puede ser un signo en sí mismo o puro, pero debe ser expresado en figuras, objetos, sonidos, palabras. Lo mismo sucede con los signos en la alquimia, astrología, matemáticas, etc.
Es decir, el símbolo en conclusión, está conformado por uno o varios signos que es la esencia oculta (interna) y el símbolo es el reflejo (externo), de ahí en más las observaciones e interpretaciones son libres en la medida que se sintoniza con la esencia oculta velada representada por el símbolo.
Por lo general, a veces lo que se identifica literalmente como signo suele ser a la vez un símbolo, ya sea natural o artificial, porque en esencia es lo mismo.

Desde la antigüedad lo que se observaba se expresaba en figuras, colores, sonidos, gesticulaciones, la gran diversidad de infinitas formas de manifestación tanto del ser como de la naturaleza misma, es decir un "todo".
Es por ello la aplicación de la Ley de CORRESPONDENCIA o ANALOGIA permitiendo la develación en relación con los colores, los aromas, los números, las formas, etc. Produciendo la develación de lo desconocido por lo conocido.
Existen distintas concepciones y análisis del símbolo: por observación, percepción, analogía, relación. También siete modos distintos de interpretación, además de la Hermenéutica.
Uno de los primeros ejemplos del símbolo-signo, surge en Platón con el concepto de Arquetipo identificándolo como Idea y más tarde surge Jung con el concepto del modelo innato en común en el inconciente colectivo, es decir la memoria de la humanidad.
Por ello el símbolo no tiene fronteras, ni edad, es tan antiguo y universal como el Ser Humano.
Encontramos símbolos en los sueños, en las religiones (Textos sagrados) en lo mágico (Ceremonial), en los alfabetos, en los sonidos, en las flores, en los colores, en la naturaleza (Geometría natural) en el cielo, en el Ser que develado produce múltiples efectos, por ello el poder de la palabra, el logos manifestado que a veces sintonizamos.
El Ser al igual que el Universo es un GRAN ARCANO hay que DEVELARLO, con el principio; CONOCETE A TI MISMO…

por Guillermo J. Pinasco.

domingo, 7 de noviembre de 2010

VÍA INICIATICA Y VÍA MÍSTICA

La confusión entre el dominio esotérico e iniciático y el dominio místico, o, si se prefiere, entre los puntos de vista que respectivamente les corresponden, es una de las que más frecuentemente se cometen hoy en día, y ello, nos parece, de una manera no siempre completamente desinteresada; hay aquí, por lo demás, una actitud nueva, o que al menos, en ciertos ambientes, se ha generalizado demasiado en los últimos años, y es por lo que nos parece necesario comenzar por explicarnos claramente sobre este punto. Está ahora de moda, si puede decirse así, el calificar de "místicas" a las doctrinas orientales, incluidas aquellas en donde no hay ni siquiera la sombra de una apariencia exterior que pudiera, en aquellos que no ven más allá, dar lugar a una calificación semejante; el origen de esta falsa interpretación es naturalmente imputable a ciertos orientalistas, que pueden por otra parte no haber sido inducidos de principio por una segunda intención claramente definida, sino únicamente por su incomprensión y por un prejuicio más o menos inconsciente, que les es habitual, al pensar sólo desde puntos de vista occidentales (2). 
Pero otros llegan a continuación que se adueñan de esta asimilación abusiva, y que, viendo el provecho que podrían sacar para sus propios fines, se esfuerzan en propagar la idea fuera de ese mundo especial, y en resumidas cuentas bastante restringido, de los orientalistas y de su clientela; y esto es más grave, no solamente porque es ante todo por ello que esta confusión se difunde cada vez más, sino también porque no es difícil advertir las señales inequívocas de una tentativa "anexionista" contra la cual es preciso protegerse. En efecto, aquellos a los que aludimos son a los que se puede considerar como los negadores más "serios" del esoterismo; queremos referirnos con ello a los exoteristas religiosos que se niegan a admitir nada más allá de su propio dominio, pero que estiman sin duda esta asimilación o esta "anexión" más hábil que una negación brutal; y, viendo de qué manera algunos de ellos se esfuerzan en transformar en "misticismo" las doctrinas más claramente iniciáticas, realmente parecería que esta labor reviste a sus ojos un carácter particularmente urgente (3). A decir verdad, habría no obstante en el mismo dominio religioso al cual pertenece el misticismo, algo que, en ciertos aspectos, podría prestarse a un acercamiento, o mejor dicho a una apariencia de acercamiento: es lo que se designa con el término "ascética", pues reviste aquí al menos un método "activo", en lugar de la ausencia de método y de la "pasividad" que caracterizan al misticismo y sobre los cuales hemos de volver más adelante (4); pero no hay duda de que estas similitudes son por completo exteriores, y, por otra parte, esta "ascética" no tiene posiblemente sino objetivos demasiado visiblemente limitados como para poder ser ventajosamente utilizada de esta forma, mientras que, con el misticismo, no se sabe jamás exactamente a dónde se llega, y esta misma vaguedad es con seguridad propicia a las confusiones. Unicamente aquellos que se entregan a este trabajo deliberadamente, y no los que los siguen más o menos inconscientemente, no parecen dudar de que, en todo lo que se refiere a la iniciación, no hay en realidad nada de vago ni de nebuloso, sino por el contrario elementos precisos y "positivos"; y, de hecho, la iniciación es, por su propia naturaleza, incompatible con el misticismo.
Esta incompatibilidad no resulta, por otra parte, de lo que originalmente implica el término "misticismo", que está incluso manifiestamente emparentado con la antigua designación de los "misterios", es decir, con algo que pertenece por el contrario al orden iniciático; pero este término es de aquellos por los cuales, lejos de poderse referir únicamente a la etimología, se está rigurosamente obligado, si uno quiere hacerse comprender, a tener en cuenta el sentido que le ha sido impuesto por el uso, y que es, de hecho, el único al que actualmente se le vincula. Ahora bien, cada uno sabe lo que se entiende por "misticismo", durante ya varios siglos, de manera que no es posible emplear este término para designar algo distinto; y es esto lo que, como dijimos, no tiene y no puede tener nada en común con la iniciación, en primer lugar porque este misticismo compete exclusivamente al dominio religioso, es decir, exotérico, y después porque la vía mística difiere de la vía iniciática en todos sus caracteres esenciales, y esta diferencia es tal que de ella se deriva una verdadera incompatibilidad. Precisemos por otra parte que se trata de una incompatibilidad de hecho más bien que de principio, en el sentido en que no se trata en absoluto de negar el valor, al menos relativo, del misticismo, ni de poner en duda el lugar que legítimamente le pertenece en ciertas formas tradicionales; la vía iniciática y la vía mística pueden perfectamente coexistir (5), pero lo que queremos indicar es que es imposible que nadie siga a la vez ambas, incluso sin juzgar de antemano el fin al cual pueden conducir, aunque por lo demás se pueda ya presentir, en razón de la profunda diferencia entre los dominios a los cuales se refieren, que este fin no podría ser en realidad el mismo. 
Hemos dicho que la confusión que hace que algunos vean misticismo allí donde no hay la menor traza de ello tiene su punto de partida en la tendencia de reducirlo todo a los puntos de vista occidentales; y es que, en efecto, el misticismo propiamente dicho es algo exclusivamente occidental y, en el fondo, específicamente cristiano. Por este motivo, vamos a aprovechar la ocasión de indicar algo que nos parece lo bastante curioso como para que lo mencionemos aquí: en un libro del cual ya, en otro lugar, hemos hablado (6), el filósofo Bergson, oponiendo lo que el llama la "religión estática" a la "religión dinámica", ve la más alta expresión de esta última en el misticismo, al que por otra parte apenas comprende, y al cual admira especialmente por todo lo que nosotros podríamos por el contrario encontrar de vago e incluso, bajo ciertos aspectos, de defectuoso; pero lo que puede parecer realmente extraño por parte de un "no cristiano" es que, para él, el "misticismo completo", por poco satisfactoria que sea la idea que de hecho es, no es sino el de los místicos cristianos. A decir verdad, por una consecuencia necesaria de la poca estima que él siente por la "religión estática", olvida que aquellos son cristianos antes incluso de ser místicos, o al menos, para justificarles el ser cristianos, sitúa indebidamente al misticismo en el origen mismo del Cristianismo; y, para establecer a este respecto una especia de continuidad entre éste y el Judaísmo, llega a transformar en "místicos" a los profetas judíos; evidentemente, del carácter de la misión de los profetas y de la naturaleza de su inspiración no tiene la más mínima idea (7). Sea como sea, si el misticismo cristiano, por deformada o menguada que sea su concepción, es a sus ojos el tipo mismo del misticismo, la razón es, en el fondo, bien fácil de comprender: es que, de hecho y estrictamente hablando, apenas existe otro misticismo que éste; e incluso los místicos que se han llamado "independientes", y que de buen grado calificaríamos de "aberrantes", no se inspiran en realidad, debido a su ignorancia, sino en ideas cristianas desnaturalizadas y más o menos completamente vacías de su contenido original. Pero también esto, como tantas otras cosas, escapa a nuestro filósofo, que se esfuerza en descubrir, anteriormente al Cristianismo, los "esbozos del futuro misticismo", cuando se trata de cosas totalmente diferentes; hay aquí particularmente, sobre la India, algunas páginas que atestiguan una inaudita incomprensión. También están los misterios griegos, y aquí la aproximación, fundada sobre el parentesco etimológico que señalábamos, se reduce en suma a un mal juego de palabras; por lo demás, Bergson se ve obligado a reconocer que "la mayor parte de los misterios no tenían nada de místico"; pero entonces, ¿por qué habla sobre este vocablo?. En cuanto a lo que fueron los misterios, se hace la representación más "profana" que pueda hacerse; ignorándolo todo acerca de la iniciación, ¿cómo podría comprender que había allí, tanto como en la India, algo que en primer lugar no era en absoluto de orden religioso, y que iba incomparablemente más lejos que su "misticismo", e incluso, es preciso decirlo, que el auténtico misticismo, que al mantenerse en el dominio puramente exotérico tiene forzosamente sus limitaciones? (8)
No nos proponemos actualmente exponer en detalle y de forma completa todas las diferencias que separan en realidad a los puntos de vista iniciático y místico, pues sólo para ello se necesitaría todo un volumen; nuestra intención es sobre todo insistir aquí sobre la diferencia en virtud de la cual la iniciación, en su proceso mismo, presenta unos caracteres totalmente distintos a los del misticismo, incluso opuestos, lo que basta para demostrar que hay aquí dos "vías" no solamente distintas, sino también incompatibles en el sentido que hemos indicado. Lo que a menudo se dice a este respecto es que el misticismo es "pasivo", mientras que la iniciación es "activa"; esto es por otra parte muy cierto, a condición de determinar exactamente la acepción en la que debe entenderse. Esto significa principalmente que, en el caso del misticismo, el individuo se limita simplemente a recibir lo que se le presenta, y tal como se le presenta, sin que él mismo actúe para nada; y, digámoslo a continuación, en esto reside para él el principal peligro, en el hecho de que esté así "abierto" a todas las influencias, sean del orden que sean, y que por lo demás, en general y salvo raras excepciones, no tiene la preparación doctrinal que sería necesaria para permitirle establecer entre ellas una discriminación cualquiera (9). En el caso de la iniciación, por el contrario, es al individuo a quien corresponde la iniciativa de una "realización" que se perseguirá metódicamente, bajo un control riguroso e incesante, y que deberá normalmente conducir a superar las posibilidades mismas del individuo como tal; es indispensable añadir que esta iniciativa no es suficiente, pues es demasiado evidente que el individuo no podría superarse a sí mismo por sus propios medios, pero, y esto es lo que nos importa por el momento, es ella lo que constituye obligatoriamente el punto de partida de toda "realización" para el iniciado, mientras que el místico no tiene ninguna, incluso para lo que no va en absoluto más allá del dominio de las posibilidades individuales. Esta distinción puede ya parecer bastante clara, ya que demuestra bien que no podrían seguirse a la vez las vías iniciática y mística, pero sin embargo no podría ser suficiente; podríamos incluso decir que no responde todavía mas que al aspecto más "exotérico" de la cuestión, y, en todo caso, es demasiado incompleta en lo que concierne a la iniciación, de la que está bien lejos de incluir todas las condiciones necesarias; pero, antes de abordar el estudio de estas condiciones, nos quedan todavía algunas confusiones por disipar.

Hermanubis


NOTAS

1. Aperçu podría traducirse como ojeada, idea general o de conjunto, apreciación. (N. del T.) 
2. Es así como, especialmente después de que al orientalista inglés Nicholson se le ocurriera traducir taçawwuf por misticismo, se ha convenido en occidente que el esoterismo islámico es algo esencialmente "místico"; o incluso, en este caso, no se habla de esoterismo, sino únicamente de misticismo, es decir, que se ha llegado a una verdadera sustitución de puntos de vista. Lo mejor del caso es que, en las cuestiones de este orden, la opinión de los orientalistas, que no conocen sino por los libros, cuenta manifiestamente mucho más, a los ojos de la inmensa mayoría de los occidentales, que la opinión de los que tienen un conocimiento directo y efectivo. 
3. Otros se esfuerzan también en transformar las doctrinas orientales en "filosofía", pero esta falsa asimilación es quizá, en el fondo, menos peligrosa que la otra, en razón de la estrecha limitación del propio punto de vista filosófico; éstos no consiguen por otra parte, por la manera especial en que presentan dichas doctrinas, sino hacer algo totalmente desprovisto de interés, y lo que se desprende de sus trabajos es sobre todo una prodigiosa impresión de "aburrimiento". 
4. Podemos citar, como ejemplo de "ascética", los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, cuyo espíritu es incontestablemente tan poco místico como es posible, y para los cuales es al menos verosímil que se inspiró en parte en ciertos métodos iniciáticos de origen islámico, pero, por supuesto, aplicándolos a un objetivo completamente diferente. 
5. Podría ser interesante a este respecto hacer una comparación con la "vía seca" y la "vía húmeda" de los alquimistas, pero esto se saldría del marco del presente estudio. 
6. Los dos orígenes de la moral y de la religión. Ver a este respecto Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps, cap. XXXIII. 
7. De hecho, no se puede encontrar misticismo judío propiamente dicho hasta el Hasidismo, es decir, en una época muy reciente. 
8. Alfred Loisy ha querido responder a Bergson y sostener contra él que no hay un solo "origen" de la moral y de la religión; en su calidad de especialista de la "historia de las religiones", prefiere las teorías de Frazer a las de Durkheim, y la idea de una "evolución" contínua a la de una "evolución" por mutaciones bruscas; a nuestros ojos, ambas son equivalentes; pero es al menos un punto sobre el cual debemos darle la razón, y posiblemente se deba a su educación eclesiástica: gracias a ella conoce a los místicos mucho mejor que Bergson, y señala que jamás tuvieron la menor pizca de algo que se pareciera, aun de lejos, al "elán vital"; evidentemente, Bergson ha querido hacer literalmente "bergsonianos", lo que no está muy de acuerdo con la simple verdad histórica; y Loisy se asombra también a justo título al ver a Juana de Arco incluida entre los místicos. -Señalemos de pasada, pues es bueno indicarlo, que su libro comienza con una ingeniosa confesión: "El autor del presente opúsculo declara que no tiene una particular inclinación por las cuestiones de orden puramente especulativo". He aquí al menos una muy loable franqueza; y, ya que es él mismo quien lo dice, y de manera totalmente espontánea, creemos de buen grado sus palabras. 
9. Es el carácter de "pasividad" lo que explica, si bien no los justifica de ninguna manera, los errores modernos que tienden a confundir a los místicos sea con los "médiums" y otros "sensitivos", en el sentido que los "psiquistas" dan a este nombre, sea incluso con los simples enfermos.